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Así secuestraron a Fangio

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Autor: Ciro Bianchi

Pie de foto: Juan Manuel Fangio. Foto Autofácil.es

«Si hay que tomar el hotel, lo tomamos, pero no podemos demorarnos más. Hay que secuestrarlo ya. Hoy tenemos que hacerlo. Apenas queda tiempo. ¿Lo haces tú o lo hago yo?».

Así apremiaba Faustino Pérez (Ariel), jefe del Movimiento 26 de Julio en la capital, al bravo y experimentado capitán de milicias Oscar Lucero (Héctor) para la ejecución de la captura del astro argentino. Finalizaba la tarde del 23 de febrero de 1958. Al día siguiente tendría lugar la carrera automovilística de Fórmula 1 por el II Gran Premio de Cuba, en la que Juan Manuel Fangio, cinco veces campeón mundial, era la máxima atracción y a quien se daba como seguro ganador. Privarlo de su participación en la competencia haría que el mundo se interesara por saber qué estaba pasando en Cuba. Ese era el objetivo del secuestro.

La idea de hacerlo comenzó a animar a algunos miembros del 26 de Julio —Marcelo Salado, Enrique Hart…— cuando la celebración del I Gran Premio, en febrero del año anterior. Lo cierto es que en esa fecha, apenas tres meses después del desembarco del yate Granma, el Movimiento estaba insuficientemente preparado para una acción de tal envergadura. La llegada de Faustino a La Habana, en compañía de Frank País, jefe de Acción y Sabotaje del M-26-7, no ocurriría hasta el 28 de diciembre de 1956. Vino con la misión, encomendada por la Sierra Maestra, de confirmar que Fidel Castro estaba vivo y que el naciente Ejército Rebelde operaba en las montañas. Debía, además, reorganizar y activar el Movimiento en la capital.

Un premio y otro

El I Gran Premio fue todo un éxito para la dictadura batistiana. Atrajo a La Habana a las más grandes figuras del automovilismo mundial y la prensa extranjera, llegada para la ocasión, dio realce internacional al acontecimiento en que Fangio resultó triunfador y ganó además la simpatía de los cubanos. Su nombre fue centro de los noticieros de América y Europa. Fulgencio Batista supo aprovecharse del espectáculo que pareció afirmar que la vida en la Isla transcurría normalmente.

La misma sensación de tranquilidad quería trasmitir el batistato con el II Premio. A ese evento se añadía, en aquel febrero de 1958, hace ahora 63 años, el inicio de las funciones en Radiocentro (actual Yara), del Cinerama, todo un acontecimiento en la vida habanera, la apertura del hotel Havana Hilton (Habana Libre) y la inauguración de la Ciudad Deportiva con la pelea de boxeo por la faja mundial de los pesos ligeros entre el cubano Orlando Echevarría y el campeón norteamericano Joe Brown. Pero febrero de 1958 distaba mucho de ser febrero del 57. Mucha sangre había corrido en Cuba entre una fecha y otra.

Setenta horas

Por sus contactos, el Movimiento supo de antemano que Fangio se alojaría, como en la competencia anterior, en el hotel Lincoln, en la esquina de Galiano y Virtudes, y que ocuparía la habitación 810, pero supo también que en otra habitación del mismo piso se apostarían agentes del Servicio de Inteligencia Militar (SIM) encargados de su custodia. Entre la llegada del astro a La Habana, en la mañana del viernes 21 de febrero, y el inicio de la carrera, el 24, dispondrían de 70 horas para acometer su acción, que más que un secuestro era para ellos una «breve retención», «una retención patriótica» para hacer que el mundo volviera los ojos hacia Cuba y conociera del proceso que la convulsionaba con la guerrilla en la Sierra Maestra y la lucha clandestina en las ciudades. Dos premisas signarían la Operación Fangio. Los militantes del Movimiento que intervendrían en ella debían salir ilesos y se imponía preservar sobre todo la integridad del campeón.

El chequeo del astro comenzó en el mismo aeropuerto. Esa noche concurriría a la televisión y se pensó que sería posible secuestrarlo cuando saliera del edificio de CMQ—TV, por la puerta de M, pero la multitud que lo rodeaba impidió la operación. Tampoco se pudo proceder en la sala Taganana del Hotel Nacional, donde se ofreció un coctel de bienvenida; la vigilancia era allí extrema. Esa noche el campeón dio un paseo por la ciudad. Lo siguieron, alternándose, tres autos del 26 de Julio. Nada pudo hacerse tampoco. Ya en la madrugada, Fangio, según su costumbre, recorrió a pie la pista. La custodia, que era mucha, impidió el secuestro.

El sábado 22 fue un día perdido. Fangio apenas salió del hotel. El domingo se levantó tarde, hizo un desayuno ligero y fue a participar en las eliminaciones para determinar el lugar de los corredores en la competencia. El Malecón, para no variar, estaba muy vigilado y el campeón se hallaba rodeado de manera permanente por simpatizantes y amigos. Fue ahí que se decidió proceder incluso ante la mirada de custodios y admiradores. No podía dejarse pasar la noche de ese día. Hacerlo era como abandonar la misión.

Regresó Fangio al hotel y no tardó en saberse que descansaría durante un buen rato y bajaría después a comer. Fue entonces que Faustino Pérez dijo a Oscar Lucero aquello de: si no lo haces tú, lo hago yo, pero no tardó en reconocer que se le había ido la mano, pues un hombre como Lucero no necesitaba que lo compulsaran. A esa altura surgía un imprevisto. Resultaba imposible alojar a Fangio donde pensaban hacerlo; un combatiente con graves quemaduras había sido albergado en el apartamento en cuestión.

Tras su conversación con Faustino, Lucero contactó con Manuel Uziel y otros combatientes comprometidos. Irían al hotel, en tres autos, nueve combatientes, incluida Blanca Niubó (Sarita), esposa de Lucero, que insistió en acompañarlo a pesar de su embarazo. Todos, menos Sarita, iban armados, y en cada automóvil había una ametralladora.

Pasadas las 7:00 de la noche estaban en el vestíbulo del hotel Uziel, Lucero y Sarita, entre otros comprometidos. A las 8:40 salió Fangio del elevador en compañía de su representante y pronto se vio rodeado de admiradores. Había policías vestidos de paisano por todas partes. Debía el comando establecer con exactitud la identidad del campeón. Uno de los secuestradores se acercó al grupo y preguntó quién era Fangio. Respondió el aludido y el hombre dijo entonces: pues quiero que sepa que yo lo admiro mucho. Entonces Uziel llamó a Fangio por su nombre. ¿Para qué me quiere?, respondió este de mala gana. Dijo Uziel: soy del Movimiento 26 de Julio y vengo a secuestrarlo. A Fangio se le congeló la sonrisa cuando sintió que Uziel le apoyaba su pistola en las costillas. Salieron por la puerta que da a la calle Virtudes y caminaron hasta el automóvil previsto. Lo mismo hicieron los miembros del comando que protegían la operación. Uziel iba tan contento que hizo que el auto en que viajaban se desviara de su ruta y llegara a su casa para que su esposa y su hijo conocieran al gran Juan Manuel Fangio.

Mis amigos los secuestradores

En la casa de las norteñas, llamada así por su ubicación en la calle Norte, en el Nuevo Vedado, el campeón cenó con buen apetito y conversó con sus captores. Bromeó con ellos. Les dijo: «Ustedes tienen suerte de que yo viniera sin mi esposa, porque de ser así ya ella me hubiera encontrado». Al día siguiente, lunes 24, Faustino Pérez le explicó la significación que para Cuba tenía la fecha: «Es la Fiesta Nacional que recuerda el inicio de la Guerra de Independencia, en 1895». Compartió la mesa con sus secuestradores: arroz con pollo, ensalada de espárragos, ensalada de tomate y lechuga, plátanos fritos y yuca con mojo. De postre, melocotones en almíbar y cascos de guayaba con queso. No quiso oír la trasmisión de la carrera. Lo alteraba, confesó, el ruido de los motores si no estaba en la competencia. Prefirió escuchar música «selecta» y se deleitó con las canciones de Katina Rayneri. Lo puso fuera de sí la noticia del accidente ocurrido en la competencia cuando el Ferrari de uno de los concursantes se precipitó contra el público con el saldo de seis muertos y más de 20 heridos. Fue entonces que indagó por las gestiones para su devolución.

Si secuestrarlo fue difícil, devolverlo era peor. Podía ser abandonado en un parque o en cualquier esquina, pero el 26 de Julio temía que la dictadura aprovechara la ocasión para asesinarlo y culpar a la Revolución. Se pensó que el sacerdote Alfredo Oslé, orientador de la Juventud Obrera Católica, o Miguel Ángel Quevedo, director de la revista Bohemia, actuaran como intermediarios, pero el Embajador argentino sugirió que la entrega se efectuara en el apartamento de su agregado militar.

El ambiente se había vuelto tenso en la casa de las norteñas; Fangio había perdido su aplomo. En el trayecto hacia la casa del diplomático el campeón iba silencioso y concentrado. Llegaron al fin al lugar. Un edificio de muchos pisos. Tomaron el elevador y en el piso 11 avanzaron por el pasillo hasta una puerta entreabierta. La traspusieron para ver en la sala de estar a tres hombres muy serios. Nadie hablaba hasta que Fangio rompió el hielo: «Estos son mis amigos los secuestradores», dijo. Más tarde, ya en la Embajada de su país, con su sonrisa característica, expresó a la prensa: «No experimento rencor alguno contra mis secuestradores. Y si lo hecho por los rebeldes fue por una buena causa, entonces, como argentino, yo la acepto como tal, estoy de acuerdo».

Tomado de Juventud Rebelde

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