Sancristóbal_Cine_Lumiere

Ayer y hoy: protagonismo de la música en el cine cubano (I)

image_print

Autor: Jorge Calderón

Ante todo y fundamentalmente, arte de las imágenes en movimiento, el cine nació sin sonido, sin voz, sin música. No obstante, hay que reconocerlo, hubo importantes filmes, devenidos clásicos, en la etapa silente; empero, en aquellos tiempos en que se subtitulaban los fotogramas con los diálogos de los intérpretes, virtuosos del piano animaban la sucesión de imágenes mudas. Quiere esto decir que, desde el principio –intuición genial– se comprendió que la música vendría a potenciar, más temprano que tarde, cual importantísimo elemento de su estructura, el discurso fílmico.

El 15 de enero de 1897, dos años después de su invención, Gabriel Veyre, representante de los hermanos Lumiére (Auguste y Louis), introdujo el cinematógrafo en nuestro país. Desde entonces, y hasta 1930, sería el período del cine silente en Cuba. Por aquellos años, concretamente entre 1913 y 1927, desde las serenatas y fiestas íntimas, la trova tradicional saltó a los escenarios de algunos cines de La Habana. En ellos, en calidad de intérpretes o compositores, sus principales figuras –Ramoncito García, Angelita Bequé, María Teresa Vera, Rafael Zequeira, Manuel Corona y otros– deleitaron al público con sus boleros, claves, criollas, bambucos y sones. El cine Esmeralda, situado en Monte y Carmen, llegó a ser considerado, entonces, como «La meca de la trova cubana».

María Teresa Vera (1895-1965), La embajadora de la canción de antaño, confesó en una ocasión:

Ya yo era bastante conocida la noche en que en el cine Esmeralda se acercó un caballero y dejó en mi mano su tarjeta personal. Ni siquiera me tomé el trabajo de indagar de quién se trataba. Días después, recibí una nota que decía: ¿Por qué no atendió la invitación que consigna la tarjeta? Eran las palabras de la Víctor (RCA), quería que yo grabara discos para ella. Así surgí a la vida de las estrías fonográficas con la composición «Gela», de Rosendo Ruiz.

Ernesto Lecuona (1896-1963), cuya música –»Siboney», «Siempre en mi corazón», «La comparsa», «La malagueña», «Andalucía»  y tantas otras composiciones–, es reconocida universalmente, cuando apenas era un niño, empezó a trabajar, como pianista acompañante de los filmes silentes de la época, en el cine Fedora, en Belascoaín y San Miguel. Allí ganaría sus primeros honorarios. Más tarde tocaría, asimismo, en los cines Parisién, Norma y Turín. Entretanto, o tal vez un poco después, Gonzalo Roig (1890-1970) e Ignacio Villa (Bola de Nieve, 1911-1971), durante los años del cine mudo, también tocarían el piano, amenizando las películas, en los cines de La Habana.

Si bien Maracas y bongó (1932), de Max Tosquella, cuya acción tiene lugar en el ambiente popular de un solar, fue el primer corto musical cubano, cuatro años después Ernesto Caparrós (1907-1992) dirigió Como el arrullo de palmas. Obsérvese que el título corresponde a una ya popular composición de Lecuona. Habrá otras en aquel corto, el cual, además, contó con la participación de la orquesta Ensueño. La última melodía (1938), de Jaime Salvador, también llevó música de Lecuona. A fines de aquella década e interpretándose a sí mismo, el maestro, ya con un nombre, aparecerá en Cancionero cubano –otro filme de Jaime Salvador– , junto a Zoraida Marrero, Aurora Lincheta y José Sánchez Arcilla. La cinta fue estrenada el 7 de agosto de 1939, cumpleaños del compositor, en el cine Payret.

«Siboney» (Si no vienes /me moriré de amor…), en el repertorio de muchísimos artistas, entre ellos, Plácido Domingo, es una de las composiciones de Ernesto Lecuona más difundidas en el mundo. Juan Orol (1897-1988) rodó su primera película en Cuba, en 1939, y la denominó así. Con música del maestro y, además, de Eduardo Sánchez de Fuentes, Humberto Rodríguez Silva y Rodrigo Prats, ésta marcaría el debut en el cine de la rumbera por antonomasia: María Antonieta Pons (1922-2004). Junto a ella, en el reparto, la soprano Luisa María Morales y la actriz-bailarina Chela Castro. En 1940, Max Tosquella y Sergio Miró –quien terminaría el rodaje– dirigieron La canción del regreso, una película con música de Ernesto Lecuona y Emilio Grenet.

En los años cuarenta, Ernesto Lecuona está plenamente respaldado por su prestigio autoral. Tanto fue así, que sus composiciones vendrían a enriquecer también las bandas sonoras del cine hecho en otras latitudes. Hollywood, por ejemplo, se adueñó de «Siempre en mi corazón» (Always in my heart) e hizo la película de igual título que, en 1942, protagonizara Kay Francis. Por otra parte, a fines de aquel decenio, se llevó a la pantalla su conocida zarzuela «María La O». Con fotografía de Gabriel Figueroa y dirigida por Adolfo Fernández Bustamante, sería ésta una coproducción cubano-mexicana que se iluminó con la voz y presencia de nuestra Rita Montaner (La única, 1900-1958).

(Continuará)

NOTA:

Jorge Calderón es escritor, investigador, periodista, profesor de la Facultad de las Artes de los Medios de Comunicación Audiovisual (Famca), y especialista del Centro Provincial de Cine de La Habana.

No me gusta