Primeros años de La Habana

Primeros años de La Habana

Por: Ciro Bianchi.

Todos los años, cuando faltaban pocos minutos para la medianoche del 15 de noviembre, el Doctor Eusebio Leal salía del Palacio de los Capitanes Generales y atravesaba la Plaza de Armas en dirección a El Templete. Portaba una de las antiguas copas de votación del Ayuntamiento habanero llena de centavitos que el Historiador de La Habana arrojaba y tomaba a su paso. Se iniciaban así los festejos por la fundación de la ciudad.

Después de dos años sin realizarse, este año volvió a tener lugar la ceremonia, ya sin la presencia de Leal que ahora la contemplará, es un decir, desde la acera del Museo de la Ciudad, donde el maestro José Villa Soberón, Premio Nacional de Artes Plásticas, acaba de emplazar una insuperable imagen de bulto del Historiador, desde la que verá cómo los participantes en la fiesta dan tres vueltas alrededor de la ceiba que se erige en El Templete. Fue precisamente bajo una ceiba que se hallaba en el mismo sitio donde  tuvieron lugar, dice la tradición, la primera misa y el primer cabildo de la villa, el 16 de noviembre de 1519.

Ciudad deseada

Si nos atenemos a ese dato, la ciudad celebra ahora su cumpleaños 502. Pero su historia es más antigua y sus orígenes se pierden en una oscuridad profunda. Algunos historiadores dan el 25 de julio de 1515 como la fecha de su fundación, mientras que otros, y parece ser lo acertado, hablan del 25 de julio de 1514. Se estableció originalmente en la costa sur, en un sitio no precisado que se ubicaría entre el oeste del Surgidero de Batabanó y la bahía de Cortés. Esa villa primitiva se llamó San Cristóbal y fue la sexta población que formaron los españoles y no la séptima, como se creyó durante mucho tiempo. Solo cuando quedó establecida en la costa norte, en tierras del cacique aborigen Habaguanex, es que comienza  a llamarse, tal vez para diferenciarla de la otra, San Cristóbal de La Habana.

Se desconoce, asimismo, la fecha de ese desplazamiento porque parece que en un momento coincidieron las dos Habanas. El traslado de la población del sur hacia el norte no fue una mudada organizada, sino un progresivo flujo de moradores. Ya en el norte, la ubicación primitiva de la ciudad se vinculó con el río Casiguaguas o de la Chorrera, hoy Almendares.

Sin embargo, los habaneros renunciaron a la facilidad de la obtención del líquido y buscaron un nuevo asentamiento en una isleta que, a modo de península, se proyectaba sobre la bahía. Antes se había asentado en el fondo del puerto, en las proximidades del río Luyanó, donde hubo una aldea aborigen y se trasladó a su asentamiento definitivo entre 1538 y 1540, cuando se construyó el primer Castillo de La Fuerza, la llamada Fuerza vieja.

Con el objetivo de recoger y avalar la tradición existente de que a  la sombra de una ceiba que existía en el lado noroeste de la actual Plaza de Armas se celebraron la primera misa y el primer cabildo, el gobernador Cagigal de la Vega erigió en 1754 una columna de tres caras con inscripciones alusivas al acontecimiento. Para dar solemne y ostentosa ratificación a ese sitio, el gobernador Francisco Dionisio Vives ordenó, en 1828,  construir en el mismo lugar El Templete conmemorativo.

Un hecho contundente desmiente, sin embargo, la celebración de aquella misa y cabildo en dicho espacio, pues la plaza de aquella primitiva villa estaba situada en un lugar que no se corresponde con el que después ocuparía la Plaza de Armas. No debe olvidarse que si en el santoral católico actual  la festividad de San Cristóbal corresponde al 16 de noviembre, no siempre fue así, sino que se celebraba el 25 de julio hasta que Giovanni de Medicis, que ocupó el trono de San Pedro entre 1513 y 1521 con el nombre de León X, dispuso su paso para el 16 de noviembre a fin de que no interfiriera con las fiestas de Santiago Apóstol, patrón de España y de sus posesiones.

Ya en 1532 La Habana era la población más importante de la Isla.

Entre 1537 y 1541 se organiza el sistema de flotas, que asegura el comercio entre España y América,  y La Habana se erige en el punto de reunión de los convoyes. En 1561 ese sistema se regulariza. La ciudad se transforma en la capital de la Isla y será a partir de ahí una de las piezas más codiciadas por parte de corsarios y piratas, lo que determina su fortificación. Ya en 1550, el Gobierno había fijado, extraoficialmente, su residencia en La Habana. En 1556 tiene ya aquí el Gobierno su residencia de manera oficial. Y en 1592 Felipe II concede a La Habana el título de ciudad.

Todavía se conserva la columna de tres caras erigida por Cagigal de la Vega. El Templete exhibe sus frescos interiores. Solo la supuesta ceiba de la fundación no es la misma; hubo que replantarla varias veces.

En las religiones afrocubanas, la ceiba es un árbol sagrado. Los negros venidos de África como esclavos depositaron en ella su leyenda. Para los creyentes, se asientan  en ese árbol todos los santos, los antepasados, los santos católicos y espíritus diversos. La ceiba recibe tratamiento de santo y no se corta ni se quema ni se derriba sin permiso de los orishas.

Dicen que quien da tres vueltas alrededor de la ceiba de El Templete se le concede el deseo que formule. Así es de acogedora y generosa esta ciudad que, coqueta y presumida, celebra ahora su aniversario 502 cuando cumple en verdad 507 años y que, en una encuesta dada a conocer en Londres y en la que participaron miles de viajeros, turoperadores, representantes de aerolíneas  y profesionales del turismo en general, ganó el cuarto lugar en la categoría de Ciudad más deseada, lo que es decir que figura entre las urbes que más desean visitar los turistas.

Nace la propina

¿Cómo era la vida de los habaneros durante los años iniciales de la ciudad? Se conservan crónicas que aluden al tema e ilustran al lector de hoy acerca del modo de construir y amueblar una casa, las comidas, las diversiones. ¿De qué vivían los habaneros de ayer, cómo se curaban?

La vida es muy cara en La Habana, asegura Giovanni Francesco Gemelli Careri en su Giro del mondo (1699/1700), uno de los mayores éxitos de la literatura de viajes en la primera mitad del siglo XVIII. Todo es caro en la ciudad: el pan, la carne, el pollo, las frutas, productos que se encarecen más con la llegada de las flotas con tripulantes y pasajeros que esperaran el momento de seguir viaje. El trabajo de manos (sastres, zapateros, carpinteros…) es carísimo.

Contratar para una fiesta al único conjunto musical que existe en la ciudad es una riesgosa aventura. En primer término hay que doblarle la paga para asegurar su presencia, y, además de ella, de por sí exorbitante, hay que garantizarle cabalgadura, darles ración de vino y tolerarles que durante la fiesta coman hasta hartarse y al final con todo lo que hubo en la mesa hacerles un plato a cada uno de los integrantes del grupo y a sus familiares, que llevarán a sus casas. Es lo que esos músicos llamaban la propina.

Los bailes y diversiones eran graciosos y extravagantes, dice De la Parra, que advierte sin embargo cierta rudeza en los primeros y en las segundas, las carencias propias de un país que empieza a levantarse. El plato principal es una especie de ajiaco, elaborado con pequeños trozos de carnes secas y saladas y algunas viandas. El aliño es a base de ají guaguao y las comidas se colorean con bija. El maíz, preparado de diversas maneras, es muy apreciado, al igual que la yuca. Los utensilios de cocina son generalmente de hierro, aunque los aborígenes condimentaban sus alimentos en vasijas de barro. Españoles y criollos usan lozas de Sevilla en la mesa y también fuentes y platos de madera. Y los vasos igualmente de madera, pero de guayacán, con grandes y prodigiosas virtudes medicinales.

En los tiempos en que escribe Hernando de la Parra había en la capital de la Isla solo dos boticas, con muy pocos medicamentos y casi todos inservibles, pues los boticarios esperaban a que se vencieran para hacer el pedido a España. La plaga de mosquitos era insufrible, y la crónica anota el nombre de Antón Ruiz, un mancebo que fue víctima de los venosos insectos. Por las noches, los cangrejos, con un ruido que ponía espanto en el ánimo más templado,  revolvían inmundicias y desperdicios.

NOTA EDITORIAL:

Este artículo de Ciro Bianchi se publicó en Juventud Rebelde el sábado 20 de noviembre de 2021.

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