Tragedias en el Prado

Tragedias en el Prado

Por: Ciro Bianchi.

Guarda el Paseo del Prado habanero recuerdos trágicos.

En la tarde del 9 de julio de 1913 era muerto a balazos, mientras paseaba en compañía de sus dos hijos pequeños, el brigadier Armando de la Riva, jefe de la Policía Nacional y uno de los generales más jóvenes del Ejército Libertador. Por órdenes del secretario (ministro) de Gobernación (Interior), Riva se había propuesto acabar con los garitos que alentaba el general Ernesto Asbert, a la sazón gobernador de La Habana y, de seguro, dada su popularidad, futuro presidente de la República. Asbert no toleró la intromisión y un encuentro casual aquella tarde en Prado, entre Ánimas y Trocadero, desencadenó la tragedia. Asbert fue a parar de cabeza a la cárcel y aunque amnistiado, el incidente puso fin a su ascendente carrera política.

Años después, también en Prado, encontraría la muerte Antonio (Antoñico) Jiménez, coronel del Ejército Libertador y jefe de la Porra machadista —cuerpo paramilitar del que se valía Machado para reprimir a sus opositores. Era el 12 de agosto de 1933, Machado había renunciado y no estaba ya en Palacio. Pese a eso, Jiménez salió tranquilo de su casa. Quizás pensara en que nada le ocurriría, pero un limpiabotas lo reconoció, y, perseguido de cerca por la población, se vio obligado a refugiarse en el interior de la farmacia del doctor Lorié, en Prado, esquina a Virtudes, decidido a vender cara su vida. Jiménez, pistola en mano, se batía duramente. Un camión del Ejército pasó por el lugar y se detuvo al observar el revuelo. Un cabo que viajaba en el vehículo, saltó a la calle y de un disparo certero fulminó al jefe de la Porra.

El mismo día, también en el Paseo del Prado, el teniente Julio Le Blanc, temible porrista que se vanagloriaba de numerosos crímenes, reales e imaginarios, era apedreado y luego muerto a balazos, mientras su esposa y su hijo contemplaban la escena desde un balcón del hotel Pasaje.

En Prado, entre Ánimas y Trocadero, frente a las oficinas del Primer Ministro, el entonces sargento Lutgardo Martín Pérez —llegaría a teniente coronel y jefe de la Motorizada en tiempos de la dictadura de Batista— y el parlamentario Rolando Masferrer, ultimaron a balazos a Emilio Grillo Ávila y a Francisco Madariaga Mulkay.

Finalizaba el gobierno del presidente Prío y Grillo, alias Pistolita, militaba en un llamado grupo de acción que era enemigo del grupo en el que militaba Masferrer. Le pasaron la cuenta. La muerte de Madariaga — ¿casualidad, confusión? — hasta donde sé, quedó en el misterio. Ni siquiera vivía en Cuba. Había venido a La Habana en procura de un puesto de cónsul en Aruba, donde estaba radicado con su esposa, y en el momento de su muerte trataba de conseguir el boleto para retornar a dicha isla.

Con posterioridad a los hechos, Martín Pérez declaró que su encuentro con Masferrer, frente a las oficinas del Premier, había sido casual. Conversaba con el legislador cuando vio acercarse a cuatro sujetos entre los que reconoció a Pistolita y a El Italianito, que dispararon contra él, aseveró. Madariaga y Vicente Vidal, añadió, conformaban asimismo la pandilla. Dijo el sargento haber ripostado la agresión. Hirió a Pistolita, que corrió por Prado, y persiguió a Madariaga, que se refugió en la oficina de Cubana de Aviación.

Nadie pudo explicar cómo el sargento Martín Pérez repelió la agresión de cuatro sujetos sin recibir un solo rasguño e hirió a dos de ellos a cien metros de distancia uno del otro. Lo mejor estaba aún por ver. La prueba de la parafina resultó positiva en el cadáver de Pistolita, pero las huellas de pólvora eran anteriores al día de los hechos. Fue negativa la prueba en Madariaga, y negativas, asimismo, en El Italianito, que se presentó de manera voluntaria a las autoridades. Dijo que si la Policía hubiera querido detenerlo, lo hubiera realizado con facilidad, pues todos los lunes firmaba en un juzgado su libertad condicional y que, por otra parte, no había dejado de laborar un solo día en los Autobuses Modernos, donde era chofer. La acusación contra Vicente Vidal era incomprensible. Al ocurrir los sucesos de Prado, llevaba cuatro meses recluidos en el castillo del Príncipe, y buena parte de ese tiempo en la enfermería, con una pierna fracturada.  A la larga, ya en tiempos de Batista, Martín Pérez le pasó la cuenta a El Italiano, a un costado del cementerio de Colón.

NOTA EDITORIAL:

Este artículo de Ciro Bianchi apareció publicado en Cubadebate, el 18 de diciembre de 2021.

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