La música me escogió

La música me escogió

Por: Lourdes Benítez Cereijo.

Las madres son casi siempre las principales forjadoras de los sueños de sus hijos, las que llevan la primera luz a esos caminos desconocidos en los que se originan los destinos. La mamá de Daya Aceituno no fue la diferencia. Ella pensó que la mejor manera de ocupar el tiempo y concentrar la energía de su inquieta hija sería inscribiéndola en cuanta actividad artística apareciera: clases de ballet, de pintura, de coro, de danza, de bailes populares… Para la pequeña era un divertimento y a sus escasos años no alcanzaba a imaginar la trascendencia que aquellas acciones tendrían en su futuro.

Ese fue el origen, la semilla de la cual germinaría una gran artista. La madre plantó un sueño y Daya, a golpe de esfuerzo y talento, lo hizo realidad. Su capacidad y condiciones la llevaron con solo 22 años a convertirse en la directora de la Banda de Conciertos de Boyeros. En esa agrupación desarrolló un sello muy particular: se trataba no solo de interpretar música, sino de concebir una puesta en escena atractiva, dinámica, de modernizar el repertorio, donde los músicos tocan sus instrumentos y bailan. Esa singularidad la condujo a sobresalir como notable referente en el activo panorama musical cubano. El 8 de agosto se cumplió una década de su llegada a la orquesta.

Con ese recuento de los primeros pasos de su trayectoria Daya Aceituno inicia el diálogo con Juventud Rebelde. La entrevista a la joven directora fue un trabajo que el periodista y jefe de la Redacción Cultural de nuestro diario, José Luis Estrada Betancourt, estaba realizando cuando la muerte lo sorprendió. Nuestro diario ha querido rescatar esa idea original mediante este texto que compartimos ahora con nuestros lectores.

Un día una vecina comentó que por el barrio había una profesora que impartía clases de piano. Y para allá fue la preocupada progenitora con su retoño. De esa manera Daya, como le dicen afectuosamente, se adentró en el mundo de la música. Luego llegó hasta la profesora Carmen Rosa López para prepararse y hacer las pruebas de admisión al Conservatorio de Música Alejandro García Caturla.

«Para ser sincera, creo que la música me escogió. Para mí era un juego de vencer niveles, con cada prueba de aptitud que pasaba notaba que eran menos los amiguitos que continuaban. De más de 500 niños en aquel entonces solo quedamos 14 y así, venciendo exámenes entré en Caturla los siete años para estudiar piano y dirección coral. Cursé el período elemental, pero no aprobé el pase de nivel en dirección coral.

«Entonces los profesores me propusieron el bombardino, un instrumento deficitario, que es muy importante en las bandas, pero no hay muchas personas que lo estudian. Tomé esa opción sin saber siquiera qué era. Nunca lo había visto, no lo había escuchado, no sabía ni cómo sonaba, pero hice las pruebas. Se trataba primeramente de reconocer el instrumento y emitir algún sonido.

«Los profesores consideraron que tenía la capacidad y, además, tenía la suerte de que sabía leer música y continué en esa especialidad. Cuando cambié a nivel medio en el Conservatorio Amadeo Roldán, con el profesor Antonio Leal, fue que sentí que el instrumento me atrapó y me enamoré. Fue la mejor decisión inconsciente que tomé, porque la vida me estaba dando una nueva oportunidad».

No es descabellado pensar que el estudio del bombardino podría de alguna manera limitar tu carrera o encasillarte, circunscribirte a un tipo muy específico de repertorio o formato, pero no fue así. ¿Cuánto le debes a ese instrumento?

El bombardino ha sido mi tablita de salvación en medio del océano, cuando todo parecía perdido. Me permitió seguir estudiando música. También me ayudó a erradicar mi afección de asma, pues como tenía que soplar y echar tanto aire me ensanchó los pulmones. Le debo haberme graduado y conocido personas espectaculares como mi profesor Antonio Leal y mis compañeros. Le debo el trabajo en mi servicio social en una banda de conciertos, que fue la provincial, dirigida en esos momentos por los maestros Esteban Quesada y Francisco García Caturla.

Empecé temerosa porque era un cambio muy radical. Quizá en algún momento pensé que ese instrumento sería una limitante, pero después vi que era todo lo contrario. Las limitantes están en la cabeza y cada uno se pone las que quiere. Fue precisamente el maestro Esteban Quesada quien me vio aptitudes para dirigir. Sabía que había estudiado dirección coral de nivel elemental y me propuso asumir una banda.

El bombardino me proporcionó los conocimientos necesarios para atreverme a esa aventura en la cual combinaría mis dos pasiones: la dirección coral, que hasta ese momento no había podido ejercer, y la práctica de mi instrumento. Fue un reto con apenas 22 años, pero nunca vacilé. Por supuesto que el maestro Esteban me apoyó y agradezco la confianza que tuvo en mí.

¿Qué pensamientos pasaron por tu cabeza cuando estuviste ante la banda por primera vez?

Tuve temores. Siempre hay nervios, pero nunca pensé en renunciar. La banda de Boyeros era la oportunidad de crecerme como músico, como persona y profesional. Desde el momento en que llegué me di cuenta que todo el resultado que saliera de allí, sería fruto del trabajo, de la constancia y perseverancia.

¿Qué impacto tuvo la responsabilidad de asumir la dirección de un conjunto cuyos integrantes eran tan jóvenes como tú?

Cuando llegué encontré un grupo de jóvenes de mi edad y algunos mayores que yo. Estaban desmotivados. No existía disciplina ni sentido de colectivo. No había organización ni trabajo realizado en el repertorio. Había diferencias entre ellos, de carácter y de creencias religiosas también, y eso creaba pequeñas divisiones. Mi primer objetivo fue hacer que todos se integraran y trabajaran unidos.

Con mucho esfuerzo, horas de estudio individual y de ensayo, logramos hacer una agrupación que salió de la nada. A golpe de trabajo nos evaluamos y subimos de categoría. La Banda de Boyeros es mi vida. Es como un hijo de diez años, porque justo el 8 de agosto de este año se cumplió una década de mi llegada a la orquesta. Amo tanto mi trabajo como la responsabilidad de ser casi que una madre protectora de todos ellos.

¿Cuáles cambios hiciste a nivel personal y profesional para poder cumplir con tu función, y no solo cumplirla, sino sacar adelante un proyecto?

A nivel personal tuve que hacer muchos reajustes para compaginar la Banda de Boyeros con mi trabajo en la provincial, donde sigo siendo bombardinista. Adecué el tiempo para buscar nuevas partituras y música. No solo tenía que estudiarme la mía, sino la que hacían todos para tener una idea de lo que iba a sonar y analizar las dificultades.

En cierto sentido me tocó y me toca, ser la cara fea de esa película. Cuando digo la cara fea me refiero a la persona que debe imponer respeto y orden. Que debe ser dura y a la vez flexible. La que, por malos que sean los momentos y difíciles las situaciones, tiene que seguir y dar ánimos. Ser esa persona moldeó mi carácter y mi forma de ser completamente.

Dígase banda de conciertos y lo primero que viene a la cabeza es la imagen de un grupo de músicos casi siempre añosos, luciendo guayaberas bajo la cálida luz de una tarde dominical. ¿Cuán complejo fue cambiar el estilo, el repertorio, la imagen? Pero, sobre todo, ¿cuán complejo fue transformar la visión que el público tiene de las bandas de conciertos como esos conjuntos pertenecientes a otra época?

Parecerá un absurdo: ha sido más difícil cambiar la mente de los músicos que la del público. Transformar el pensamiento de aquellos que, aunque eran jóvenes, llevaban años maniatados a una misma estructura fue trabajoso. Les decía: «¡Vamos a bailar, a dar palmadas, a corear»! Pero lo hice como una madre paciente que va dando cucharadas de medicina.

Me resultaba imposible creer que tantos jóvenes necesitaran una inyección de vitalidad y renovación. Verlos sentados como si tuvieran grilletes al atril o la partitura, era inconcebible. Había que cambiar y darle a la gente la música que se oye actualmente. Fue necesario estudiar, analizar qué se tocaba y también qué repertorio de nuestros abuelos podíamos modernizar. Debía lograr que se identificaran y la mejor manera fue dándoles una propuesta renovada, una idea de alegría, de fiesta. La banda no tiene edad. La banda es para todos. ¿Qué hicimos? Cambiar el concepto. Mantener la tradición, pero con una imagen reformada.

En ese empeño tuve el apoyo de un amigo belga, a quien siempre menciono con mucho cariño, Oliver Masar. Él hacía un trabajo similar al nuestro y un día llegó y dijo: “Vamos a intentar algo nuevo”. Lo hicimos con el afán de divertirnos y lo que empezó como un juego escaló a un siguiente nivel. Nos pusimos como meta hacer un concierto. Teníamos apenas dos semanas de ensayo y en ese tiempo había que alistar la música, memorizarla y bailar. Fue titánico. Tomó horas de ensayo para coordinar mente, cuerpo y música; pero salió bien.

¿Cómo recuerdas entonces lo sucedido el 28 de enero de 2014, en la Acera del Louvre? ¿Cuáles fueron tus impresiones? ¿Lograste lo que te propusiste?

El 28 de enero de 2014 lo recuerdo con esa alegría, con esas ganas de hacer porque fue el debut, el estreno en Cuba de una banda de conciertos que tocaba y bailaba. Ese día marca un antes y un después en la historia del colectivo de Boyeros, y de este tipo de orquesta en Cuba. Logramos primeramente divertirnos nosotros, para luego transmitir esa energía al público.

Por eso esa fecha significa que he logrado más de lo que un día imaginé. Soñé con una banda que se moviera, que gustara. Soñé que fuéramos distintos. Hemos llevado este proyecto más allá de los sueños, porque gracias a esa labor nos han llamado para hacer teatro y participar en un videoclip (se refiere la entrevistada a las obras Oficio de isla y Luz, que dirigió Osvaldo Doimeadiós; y al video La fuerza de un país, de Buena Fe). Ser la diferencia ha sido una bendición.

En una entrevista concedida hace un tiempo afirmaste: «Mi sueño inicial fue poner a la Banda de Conciertos de Boyeros en el mapa». Hasta ese minuto, ¿cómo se ha ido dibujando o enriqueciendo esa cartografía musical de la orquesta?

En Boyeros no conocían la banda. Los pobladores nunca habían oído hablar de ella, porque, obviamente, no existía un referente. Sin una obra hecha nadie puede saber de ti. Lo primero era que nos conocieran en el municipio. Debíamos crear la expectativa. La meta a largo plazo era ubicarnos en el mapa de Cuba, que el país entero supiera que en Boyeros había una agrupación de ese tipo con calidad, con un trabajo de amor a la música, al arte y a la diversión.

Aspirábamos a que la gente que no conocían este formato no les fuera ajeno. Cumplimos ese rol social de ser educadores musicales. Luego, ubicarnos en el mapa del mundo, parecía más distante. La oportunidad llegó con la pandemia. Esas circunstancias nos hicieron pensar diferente y lo hicimos vía online, mediante grupos de WhatsApp.

Fue ahí que hicimos cosas virtuales y explotamos las redes sociales. De esa manera me acerqué a un colega holandés director de una banda en Holanda, quien estaba preparando un festival; y entonces yo de fresca le pedí de favor me dejara participar online. Como se dice en buen cubano, primero me bateó. Dejé pasar tiempo y volví a insistir.

Las condiciones eran adversas por el distanciamiento y reuní a los que estaban más cerca, para armar una pequeña banda. Redactamos el repertorio con cambios y presentamos un vídeo de 20 minutos hecho por nosotros mismos con un celular. Resultado, la obra gustó en Holanda. Se presentó en ese festival y después en otro, y hasta un premio obtuvimos.

Así llegaron al World Music Contest de Kerkrade, en Holanda. Háblanos de esa oportunidad y cómo fue la acogida.

Es un evento como las olimpiadas, pero de bandas, se hace cada cuatro años y tiene una fama mundial y prestigio increíbles. No pudimos participar como concursantes porque las bandas allí eran de muchos integrantes y nosotros solo pudimos llevar nueve por cuestiones de presupuesto. En las 19 ediciones de ese festival era la primera vez que se presentaba un conjunto cubano. Ver nuestra bandera ondear junto con la de tantas naciones fue un momento de orgullo y gloria. Ese fue un triunfo para las bandas de Cuba, para nuestra cultura.

¿Qué lugar ocupa el magisterio en tu vida? ¿Cómo lo articulas con tus obligaciones en la banda?

Ser maestra y tocar me permite seguir activa como músico, me ayuda con la lectura, con la interpretación. Es la oportunidad de ponerte en los zapatos de los músicos. No porque seas directora debes olvidar que una vez estuviste sentada. Debes saber qué se siente cuando estás del lado de acá y no delante de la banda.

Si hicieras un recuento de tu trayectoria en la Banda de Conciertos de Boyeros, ¿qué experiencias y momentos no podrían faltar?

Nunca me había planteado esa pregunta. No podría faltar el concierto por el primer aniversario de nuestra evaluación como banda el 30 de agosto de 2013; el primer programa de televisión que hicimos: fue Música y Más, con Oni Acosta, a quien agradezco porque fue la puerta a ese medio; el premio de la popularidad y de la mejor agrupación novel de Cuerda Viva; cuando nos llamó Israel Rojas para participar en el videoclip de la canción de la vacuna; el trabajo junto a Doimeadiós.

No puedo dejar fuera las presentaciones en un espacio tan popular como 23 y M; la oportunidad que vino con el festival Boleros de Oro en el año 2018 como orquesta acompañante en el Teatro América; la participación en Habana Mambo Festival, que me permitió estar en contacto con muchas figuras, entre ellas Sixto Llorente, El Indio, poco antes de su fallecimiento.

A eso se suman las presentaciones en hospitales, en salas de oncología pediátrica, en el leprosorio de El Rincón, en el sanatorio del sida… Estar allí y que te digan: “gracias, esto también es terapia”; ver las caras de felicidad, es la mayor recompensa. También he vivido momentos tristes, como la muerte de mis abuelas. En ambos días me tocó trabajar. Pero la música ha sido salvación y sanación.

A tu juicio, ¿cuál es el estado actual de las bandas de concierto en el país? ¿Consideras que el quehacer de ustedes ha servido de inspiración para sus similares?

En Cuba hay muy buenos maestros y directores trabajando para las bandas. Yo soy una directora joven, pero hay muchos consagrados y personalidades que llevan años haciendo un trabajo digno y fundamental para las nuevas generaciones. Las bandas siempre han tenido y tendrán ese rol formador, esa función académica. Pienso que podríamos hacer muchísimo más porque poseemos el principal recurso que es el humano. Existen pros y contras. Lo fundamental es que se percibe un movimiento importante de bandas en Cuba, que hace unos años atrás no existía.

Qué le dirías a los jóvenes que creen que ser parte de una banda de conciertos es pasar un domingo en un parque detrás de una partitura. ¿Cómo los motivarías?

A las nuevas generaciones les digo que no vean el trabajo de una banda como algo de antaño. Que se sienten como me senté yo cuando tenía 18 años, con ganas de aprender y de tomar el conocimiento de los mayores. Que no tengan miedo, que la experiencia ganada les va a servir para siempre.

¿Proyectos futuros?

Estoy en proceso de mezcla y masterización del primer disco de la Banda de Boyeros. Será un CD/DVD que debe salir pronto. Lo demás es seguir llevando nuestra música a todas las provincias, ya lo pudimos hacer en Matanzas, pero quisiera repetir esa experiencia. Ojalá algún día se me cumpla el anhelo de poder presentarnos en toda Cuba y que las personas conozcan esta labor, de poder intercambiar con nuestros similares y tocar con otras bandas. Ese es uno de mis grandes sueños. Espero que se haga realidad.

Fuente: Juventud Rebelde

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